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ATRÁS

La correa

  • por Anna
  • 09-09-2019
Anna Alba, escort sumisa independiente

Pensaste que me podías someter. Iluso. Supongo que los hombres como tú están demasiado acostumbrados a mandar. Uno se acostumbra demasiado rápido al poder, ¿verdad? Sólo que aquella noche los papeles se intercambiaron. Y la obediente sumisa, la que se arrodillaba siempre ante ti, decidió que aquella noche iba a ser distinta. Pobre criatura, nunca entendiste que te enfrentabas a un animal salvaje.

Ocurrió después de cenar. Me besaste contra la pared justo antes de entrar al hotel y me dijiste que me debías unos azotes. En ese momento, me pareció perfecto. Subimos a nuestra habitación, me desnudaste y, sin apartar tu mirada, te quitaste lentamente el cinturón de cuero. Yo te regalé media sonrisa.  Te acercaste a mí y rodeaste mi cuello con él, lo ajustaste como si fuera una correa, y lo dejaste ir. No digas que no te lo advertí, te dejé muy claro que cuando uno suelta la correa, nunca sabe lo que puede ocurrir con una bestia asilvestrada... Entonces dijiste las palabras mágicas: “Haz todo lo que te apetezca”.

Ah, ¿sí? Pues quítate la ropa y túmbate en la cama boca abajo, listillo.

La habitación solo la iluminaban las luces de la calle, y ahí estabas tú. Indefenso. Acorralado. Doblé el cinturón y me acaricié la palma de la mano con él. Suave. Después un poco más fuerte. Y finalmente lo golpeé con dureza sobre mi palma. Te asustaste un poco. Es normal, te dije. Me puse encima de ti, te mordí el cuello y te susurré al oído: “tranquilo, paramos cuando quieras”. Y empezaste a notar como el cuero recorría suavemente tu espalda hasta llegar hasta tus nalgas. Las acaricié. Y después las golpeé no demasiado fuerte. Gemiste un poco. “¿Te gusta? Pues toma”. El golpe resonó por toda la habitación. Gemiste más fuerte. Y seguí dándote. Y acariciándote. Y susurrándote que lo estabas haciendo muy bien. Y besando tus nalgas enrojecidas.

Estabas desubicado. Con la piel de gallina. Desconcertado. “¿Cómo he acabado yo aquí? ¿Cómo puede ser que me guste? ¿Dónde acaba el dolor y empieza el placer?”. Podía sentir como todas esas ideas recorrían tu cabeza. Pero no te dejé ni tiempo para respondértelas. Te di la vuelta, me puse encima de tu cara y dejé que hicieras tu Trabajo hasta que llegue al orgasmo. Caí rendida a tu lado, pero todavía tenías que hacer algo más por mí. Quería ver cómo te masturbabas mirándome. Así que volviste a ser un buen niño, te pusiste encima de mí y, mientras te agarraba con fuerza los huevos, te masturbaste frenético hasta correrte sobre mi pecho.

Jo-der. Dijiste.